Thursday, August 31, 2006

Un texto sobre las virtudes
(Para más adelante)

LA IMAGEN CRISTIANA
DEL HOMBRE

(Publicamos este opúsculo de Pieper -en traducción de Rufino Gimeno Peña- por especial gentileza de Ed. Rialp - http://www.hottopos.com)

Josef Pieper

LA IMAGEN DEL HOMBRE EN GENERAL

La segunda parte de la Summa theologica del Doctor Común de la Iglesia, que se refiere a la Teología moral, comienza con esta frase:

«Puesto que el hombre fue creado a semejanza de Dios, después de tratar de El, modelo originario, nos queda por hablar de su imagen, el hombre». Sucede con esta frase lo que con tantas otras de Santo Tomás: la evidencia con que la expresa, sin darle gran relieve, oculta fácilmente el hecho de que su contenido no es de ningún modo evidente. Esta primera proposición de la Teología moral refleja un hecho del que los cristianos de hoy casi han perdido la conciencia: que la moral es, sobre todo y ante todo, doctrina sobre el hombre; que tiene que hacer resaltar la idea del hombre y que, por tanto, la moral cristiana tiene que tratar de la imagen verdadera del mismo hombre. Esta realidad era algo muy natural para la cristiandad de la Alta Edad Media. De esta concepción básica, cuya evidencia ya se había puesto en duda, como indica su formulación polémica, nació, dos siglos después de Santo Tomás de Aquino, la frase de Eckhart: «Las personas no deben pensar tanto lo que han de hacer como lo que deben ser». Sin embargo, la moral, y sobre todo su enseñanza, perdieron después, en gran parte, estas perspectivas por causas difíciles de comprender y aquilatar, hasta tal punto que incluso aquellos textos de Teología moral que pretendían estar expresamente escritos según el espíritu de Santo Tomás diferían de él en este punto capital. Esto explica algunas causas del porqué al cristiano medio de hoy apenas se le ocurre pensar que en moral pueda conocerse algo sobre el verdadero ser del hombre, sobre la idea del hombre. Al contrario, asociamos el concepto de moral la idea de una doctrina del hacer y, sobre todo, del no-hacer, del poder y no-poder, de lo mandado y lo prohibido. La primera doctrina teológico-moral del Doctor Común es ésta: «La moral trata de la idea verdadera del hombre». Naturalmente que también ha de tratar del hacer, de obligaciones, mandamientos y pecados; pero su objeto primordial, en que se basa todo lo demás, es el verdadero ser del hombre, la idea del hombre bueno.

LA IMAGEN CRISTIANA DEL HOMBRE Y LA MORAL EN SANTO TOMÁS DE AQUINO

La respuesta a la cuestión de la imagen auténtica del hombre cristiano puede concretarse en una frase; más aún: en una palabra: Cristo. El cristiano debe ser «otro Cristo»; debe ser perfecto como lo es el Padre; pero este concepto de perfección cristiana es infinitamente amplio, y por eso mismo es difícil de aclarar: requiere, por tanto, la concreción y exige una interpretación. Sin tal interpretación, que se apoye en la esencia empírica del hombre y en la realidad, estaría expuesto continuamente al abuso y al error por una sobresaturación contraria a su esencia. No es posible pasar, sin más ni más, de la situación concretísima del hacer al último y más alto ideal de la perfección. Precisamente a estas palabras de la Escritura: «Sed perfectos como vuestro Padre que está en los Cielos», a esta formulación de la imagen ideal del cristiano ha preferido el cuarto Concilio de Letrán su célebre tesis de la analogia entis: «Inter Creatorem et creaturam non potest tanta similitudo notan, quin inter eos maior sit dissimilitudo notanda». (No se puede señalar entre Creador y criatura una seme¡anza tan grande, que impida observar entre ellos una desemejanza mucho mayor). Esta frase se opone a la idea de un «endiosamiento» demasiado inmediato del hombre. El hombre, así como el perfecto cristiano, permanece criatura, esto es, ser finito aun en la vida eterna. Existe, ciertamente, más de una posibilidad legítima de interpretar esta idea verdadera del cristiano no sólo histórica, sino también teóricamente. Así existirá una forma occidental y otra oriental de interpretar esta idea cristiana del hombre. Santo Tomás de Aquino, el gran maestro de la cristiandad occidental, expreso la idea cristiana del hombre en siete tesis que cabe formular de la siguiente forma:

Primero. El cristiano es un hombre que, por la fe, llega al conocimiento de la realidad del Dios uno y trino

Segundo. El cristiano anhela —en la esperanza— la plenitud definitiva de su ser en la vida eterna.

Tercero. El cristiano se orienta —en la virtud teologal de la caridad— hacia Dios y su prójimo con una aceptación que sobrepasa toda fuerza de amor natural.

Cuarto. El cristiano es prudente, es decir, no deja enturbiar su visión de la realidad por el sí o el no de la voluntad, sino que hace depender el sí o el no de ésta de la verdad de las cosas.

Quinto. El cristiano es justo, es decir, puede vivir en la verdad con el prójimo; se sabe miembro entre miembros en la Iglesia, en el Pueblo y en toda Comunidad.

Sexto. El cristiano es fuerte, es decir, está dispuesto a sacrif icarse y, si es preciso, aceptar la muerte por la implantación de la justicia.

Séptimo. El cristiano es comedido, es decir, no permite que su ambición y afán de placer llegue a obrar desordenadamente y anti­naturalmente.

En estas siete tesis se refleja que la moral de la teología clásica, como exposición de la idea del hombre, es esencialmente una doctrina de las virtudes; interpreta las palabras de la Escritura acerca de la perfección mediante la imagen séptuple de las tres virtudes teologales y las cuatro cardinales. El devolver a su forma original a la conciencia universal de nuestra época la imagen grandiosa del hombre, que está ya descolorida, y, lo que es peor, desfigurada, no es tarea que carezca de importancia, a mi parecer. La razón no es precisamente un interés «histórico», sino más bien porque esta interpretación de la idea del hombre no sólo se conserva válida, sino que para nosotros es vital afirmarla y contemplarla de nuevo con claridad.

Quisiera intentar ahora la definición, con algunas observaciones, de los contornos de esta imagen dentro del cuadro de las cuatro virtudes cardinales, y especialmente donde me parezca que haya quedado descolorida o desfigurada.

EL CONCEPTO DE VIRTUD Y LA JERARQUÍA ENTRE LAS VIRTUDES

Para comenzar, hay que decir algo sobre el concepto de virtud. Hace unos años precisamente Paul Valéry pronunció en la Academia Francesa un discurso sobre la virtud. En este discurso se nos dice:

«Virtud, señores, la palabra ‘virtud’, ha muerto o, por lo menos, está a punto de extinguirse... A los espíritus de hoy no se se muestra como la expresión de una realidad imaginable de nuestro presente... Yo mismo he de confesarlo: no la he escuchado jamás, y, es más, sólo la he oído mencionar en las conversaciones de la sociedad como algo curioso o con ironía. Podría significar esto que frecuento una sociedad mala si no añadiese que tampoco recuerdo haberla encontrado en los libros más leídos y apreciados de nuestros días; finalmente, me temo no exista periódico alguno que la imprima o se atreva a imprimirla con otro sentido que no sea el del ridículo. Se ha llegado a tal extremo, que las palabras ‘virtud’ y ‘virtuoso’ sólo pueden encontrarse en el catecismo, en la farsa, en la Academia y en la opereta». El diagnóstico de Valéry es indiscutiblemente verdadero, pero no debe extrañarnos demasiado. En parte se trata, seguramente, de un fenómeno natural del destino de las «grandes palabras». En efecto, ¿por qué no han de existir, en un mundo descristianizado, unas leyes lingüísticas demoníacas, merced a las cuales lo bueno le parezca al hombre, en el lenguaje, como algo ridículo?

Aparte de esta última posibilidad, digna de tomarse en serio, no hay que olvidar que la literatura y la enseñanza de la moral no han hecho que el hombre corriente capte con facilidad el verdadero sentido y realidad del concepto «virtud».

La virtud no es la «honradez» y «corrección» de un hacer u omitir aislado. Virtud más bien significa que el hombre es verdadero, tanto en el sentido natural como en el sobrenatural. Incluso, dentro de la misma conciencia universal cristiana, hay dos posibilidades peligrosas de confundir el concepto de virtud: primero, la moralista, que aísla la acción, la «realización», la «práctica» y las independiza frente a la existencia vital del hombre. Segundo, la supernaturalista, que desvaloriza el ámbito de la vida bien llevada, de lo vital y de la honradez y decencia natural. Virtud, en términos completamente generales, es la elevación del ser en la persona humana. La virtud es, como dice Santo Tomás, ultimum potentiae, lo máximo a que puede aspirar el hombre, o sea, la realización de las posibilidades humanas en el aspecto natural y sobrenatural.

El hombre virtuoso es tal que realiza el bien obedeciendo a sus inclinaciones más íntimas.

Casi tan importante como su concepto exacto es el examen del verdadero orden de categorías entre las virtudes. Se ha hablado mucho del carácter «heroico» del cristianismo o del concepto «heroico» de la existencia, como rango esencial de la vida cristiana. Estas formulaciones sólo son correctas a medias. La virtud primera y característica del cristiano es el amor sobrenatural hacia Dios y su prójimo, y todas las virtudes teologales están por encima de las cardinales. Incluso mi obrita Del sentido de la fortaleza no ha escapado a aquella interpretación «heroística» verdadera a medias y, por tanto, falsa a medias, aun cuando el objetivo principal era demostrar que la fortaleza no está en primer lugar, sino en el tercero entre las virtudes cardinales.

PRUDENCIA

La primera entre las virtudes cardinales es la prudencia. Es más:

no sólo es la primera entre las demás, iguales en categoría, sino que, en general, «domina» a toda virtud moral.

Esta afirmación de la supremacía de la prudencia, cuyo alcance apenas somos capaces de comprender, encierra algo más que un orden más o menos casual entre las virtudes cardinales. Expresa, en términos generales, la concepción básica de la realidad, referida a la esfera de la moral: el bien presupone la verdad, y la verdad el ser. ¿Qué significa, pues, la supremacía de la prudencia? Quiere decir solamente que la realización del bien exige un conocimiento de la verdad. «Lo primero que se exige de quien obra es que conozca», dice Santo Tomás. Quien ignora cómo son y están verdaderamente las cosas no puede obrar bien, pues el bien es lo que está conforme con la realidad. Me apresuro a añadir que el «saber» no debe entenderse con el criterio cientifista de las ciencias experimentales modernas, sino que se refiere al contacto efectivo con la realidad objetiva. La revelación, por ejemplo, da a este contacto un fundamento más elevado que el científico. También pertenecen a la prudencia la «docilidad», es decir, la unión sumisa con el verdadero conocimiento de la realidad de un espíritu superior. El conocimiento objetivo de la realidad es, pues, decisivo para obrar con prudencia. El prudente contempla, por una parte, la realidad objetiva de las cosas y, por otra, el «querer» y el «hacer»; pero, en primer lugar, la realidad, y en virtud y a causa de este conocimiento de la realidad determina lo que debe y no debe hacer. De esta suerte, toda virtud depende, en realidad, de la prudencia y todo pecado es, en cierta manera, una contradicción de la prudencia: «omne peccatum opponitur prudentiae».

Nuestro lenguaje usual, que es también el del pensamiento, se ha apartado bastante de este estado de cosas. Lo prudente nos parece, antes que la presuposición, la circunvalación del bien. Nos cuesta pensar que ser justo y veraz suponga siempre y esencialmente la «prudencia». Prudencia y fortaleza parecen ser poco menos que irreconciliables, ya que la fortaleza es, la mayoría de las veces, «imprudente». Conviene, sin embargo, recordar que el sentido propio y verdadero de esta dependencia es el de que la acción justa y fuerte y toda acción buena, en general, sólo es tal en cuanto responde a la verdad, creada por Dios, de las cosas reales y esta verdad se manifiesta de forma fecunda y decisiva en la virtud de la prudencia.

Esta doctrina de la supremacía de la prudencia encierra una importancia práctica enorme. Comprende, por ejemplo, el axioma pedagógico: «La educación y autoeducación, en orden a la emancipación moral, han de tener su fundamento en la respectiva educación y autoeducación de la virtud de la prudencia, es decir, en la capacidad de ver objetivamente las realidades que conciernen a nuestras acciones y hacerlas normativas para el obrar, según su índole e importancia». Además, la doctrina clásica de la virtud de la prudencia encierra la única posibilidad de vencer interiormente el fenómeno contrario: el moralismo. La esencia del moralismo, tenido por muchos por una doctrina especialmente cristiana, consiste en que disgrega el ser y el deber; predica un «deber», sin observar y marcar la correlación de este deber con el ser. Sin embargo, el núcleo y la finalidad propia de la doctrina de la prudencia estriba precisamente en demostrar la necesidad de esta conexión entre el deber y el ser, pues en el acto de prudencia, el deber viene determinado por el ser. El moralismo dice: el bien es el deber, porque es el deber. La doctrina de la prudencia, por el contrario, dice: el bien es aquello que está conforme con la realidad. Es importante observar claramente la conexión íntima que aquí resalta entre el moralismo «cristiano» y el voluntarismo moderno. Las dos doctrinas tienen un parentesco bastante más acusado de lo que a primera vista parece y aún puede indicarse aquí un tercer parentesco «práctico» y «actual». El fondo de equidad y objetividad de la doctrina clásica de la prudencia encontró su expresión en la frase magníficamente sencilla de la Edad Media: «Sabio es el hombre a quien las cosas le parecen tal como realmente son». Un resultado de la psicología, o mejor dicho, psiquiatría moderna, que a mi parecer nunca ponderaremos demasiado, hace resaltar cómo un hombre al que las cosas no le parecen tal como son, sino que nunca se percata más que de sí mismo porque únicamente mira hacia si, no sólo ha perdido la posibilidad de ser justo (y poseer todas las virtudes morales en general), sino también la salud del alma. Es más: toda una categoría de enfermedades del alma consisten esencialmente en esta «falta de objetividad» egocéntrica. A través de estas experiencias se arroja una luz que confirma y hace resaltar el realismo ético de la doctrina de la superioridad de la prudencia. La prudencia es uno de los «lugares» del espíritu en que se hace visible la misteriosa conexión entre salud y santidad, enfermedad y pecado. Una doctrina del alma (psicología) que no haga, a sabiendas, caso omiso de estas realidades podrá adquirir, seguramente, desde esta posición, una visión de relaciones muy hondas.

El concepto central caracteriológico de la autosugestión (que no es otra cosa que una falta de objetividad voluntaria en la visión de la realidad), así como el concepto sociológico de «ideología», enteramente paralelo, podrían ser «descubiertos» por la doctrina de la prudencia de una forma enteramente sorprendente. Mas aquí sólo nos es posible indicar lo ya dicho.

JUSTICIA

Prudencia y justicia están más íntimamente ligadas de lo que pueda parecer a primera vista. Justicia, decíamos, es la capacidad de vivir en la verdad «con el prójimo». No es, sin embargo, difícil ver en qué medida depende este arte de la vida en la comunidad (es decir, el arte de la vida en general) del conocimiento y reconocimiento objetivo de la realidad, o sea de la prudencia. Sólo el hombre objetivo puede ser justo, y falta de objetividad, en el lenguaje usual, equivale casi a injusticia.

La justicia es la base de la posibilidad real de ser bueno; en esto se apoya la elevada categoría de la prudencia. La categoría de la justicia se basa en ser la forma más elevada y propia de esta misma bondad. Conviene subrayar esto, pues la burguesía «cristiana» ha considerado desde algunas generaciones cosas muy diferentes, por ejemplo, la denominada «moralidad» como característica propia y primordial del hombre bueno. El hombre bueno es en principio justo. No es casualidad que las Sagradas Escrituras y la Liturgia llamen «justo», en general, al hombre en estado de gracia. Al rozar el tema «justicia» el lenguaje enteramente desapasionado de Santo Tomás adquiere un estilo más vibrante; cita, en este lugar de la Summa, la frase de Aristóteles: «La más elevada entre las virtudes es la de la justicia; ni el lucero de la mañana ni el vespertino pueden serle comparados en belleza».

La realización de la justicia es cometido del hombre como tal, como «ser sociable». Casi se puede asegurar que el portador de la justicia no es tanto el individuo (aunque, naturalmente, sólo la persona puede ser «virtuosa» en sentido estricto), como el «nosotros», la entidad social o el pueblo; justicia es, pues, la plenitud óntica del «nosotros». Las diversas formas del «nosotros» se estructuran en torno a tres rasgos fundamentales; cuando estas tres estructuras son «verdaderas» puede decirse que en este «nosotros» reina justicia. Estos tres elementos estructurales son, según la Escolástica, los siguientes: primero, las relaciones de los miembros entre sí, cuya equidad se apoya en la justicia conmutativa; segundo, la relación del todo a los miembros, cuya equidad se apoya en la justicia distributiva, y tercero, las relaciones de los miembros aislados al todo, cuya equidad va regida por la justicia legal. Todas estas cosas parecen evidentes, aunque no lo sean en modo alguno.

La doctrina «social» individualista, por ejemplo, reconoce de estas tres estructuras básicas sólo una, a saber: las relaciones de los individuos entre sí, pues el individualismo no reconoce la existencia propia del todo, y por eso para él no existen propiamente relaciones del individuo al todo ni del todo al individuo. Así, para un individualismo que quiera ser consecuente, la única forma de justicia es la conmutativa, que se basa en el contrato como medio de lograr la compensación de intereses. Por otra parte, el colectivismo ha creado una doctrina social «universalista» que niega rotundamente que existan siquiera relaciones de individuo a individuo; en estricta consecuencia declara a la justicia conmutativa como un «absurdo individualista». La acusada tendencia que tienen estas «opiniones de escuela» a la realización práctica lo demuestra, por ejemplo, la experiencia histórica de los regímenes totalitarios. Caracteriza a éstos la tiranía del Estado, que apenas permite relaciones privadas entre los individuos como tales; éstos apenas si se enfrentan «oficialmente» como funcionarios individuales de los intereses del Estado. Se ha hecho el intento, por parte de algunos cristianos, de proclamar la subordinación del individuo al bien común como directriz básica en la vida pública y admitir, en consecuencia, la justicia legal como justicia propiamente dicha. Al mismo tiempo se aseguró que ésta es la opinión verdadera de la teología clásica. Es muy difícil juzgar acertadamente este intento, ya que sería preciso hacer en orden al mismo distinciones tan importantes como complicadas. Santo Tomás de Aquino dice, ciertamente, que toda la vida moral del hombre está subordinada al bien común. Así pues, la justicia legal tiene realmente una categoría y posición muy especial. Pero no debe perderse de vista que la tesis expuesta por Santo Tomás tiene dos facetas: la una expresa que existe una verdadera obligación del individuo con respecto al bien común, y esta obligación se refiere al hombre entero; y la otra faceta hace resaltar, en cambio, que toda virtud del individuo es necesaria para el bienestar de todos, significando esto que el bien­estar común necesita virtud de los individuos aislados. Esto último no es realizable si los miembros aislados de la comunidad no son buenos, y «buenos» no sólo en el sentido más restringido de justos, sino también en el sentido de una virtud personalísima, oculta y, por decirlo así, completamente íntima. No conviene, pues, pasar por alto esta cuestión.

FORTALEZA

Existe otro error acerca del concepto de justicia, en el fondo completamente liberal, pero no solamente restringido al llamado «siglo del liberalismo». Dice así: es posible poseer la justicia sin la fortaleza. No es tanto un error que afecte a la esencia de la justicia como a la concepción de «este» mundo en el cual la justicia ha de realizarse, pues «este» mundo está constituido de tal forma que la justicia, como el bien general, no se «impone» por sí sola sin que la persona esté dispuesta incluso a la muerte. El mal tiene poder en «este» mundo, este hecho se pone de relieve en la necesidad de la fortaleza, que en realidad, no es otra cosa que la disposición para realizar el bien aun a costa de cualquier sacrificio. Así, la misma fortaleza es, como dice San Agustín, un testigo irrefutable de la existencia del mal en el mundo.

Es, por otra parte, una mala réplica al error liberal, e igualmente falso, opinar que se puede ser fuerte sin ser justo. La fortaleza como virtud existe sólo donde se quiere la justicia. Quien no es justo no puede ser bueno en el verdadero sentido. Santo Tomás dice: «La gloria de la fortaleza depende de la justicia». Es decir, sólo puedo alabar la fortaleza de alguien si al mismo tiempo puedo alabarle por su justicia. La fortaleza verdadera está, pues, esencialmente ligada al deseo de justicia.

No es menos importante saber que la idea de fortaleza no es idéntica a la de una agresiva temeridad a toda costa, e incluso existe una temeridad contraria a la virtud de la fortaleza. Para mayor claridad, conviene considerar qué lugar ocupa el temor en la vida del hombre. La «charlatanería» superficial de la vida cotidiana, en principio tranquilizadora, tiende a negar la existencia de lo terrible, o bien a situarlo en la esfera de lo aparente o inexistente. Esta «tranquilización», eficaz o no, existe en todas las épocas y se encuentra hoy con oposición notable, ya que ningún concepto de la literatura profunda -filosófica, psicológica y poética- de nuestra época juega un papel tan importante como el del miedo. Otra forma de manifestar aquella inocuidad de la vulgar existencia es un estoicismo nuevo, «proclamado» por un círculo de hombres para los cuales el recuerdo de los sucesos de las guerras mundiales es una destrucción que encierra la promesa y amenaza de unas catástrofes apocalípticas aún más violentas. La existencia es, en todo caso, horrible, mas no existe nada que lo sea tanto que el fuerte no pueda soportar y sobrellevar con grandeza. Leyendo los libros más personales de Ernst Jünger, una de las cabezas más notables de aquella stoà nueva, se comprende que todos los sueños de estos «corazones aventureros» sean pesadillas. Hay que observar que sería poco menos que ridículo el recoger estos hechos con cierta «satisfacción» y hasta ironía. Seguramente son estas pesadillas una respuesta a la verdadera situación metafísica del Occidente, humanamente más elevada y objetivamente más adecuada que un cristianismo que se consuela con razones culturales superficiales sin haber penetrado aún en su propia profundidad. En dicha profundidad late la última respuesta cristiana a esta cuestión: el concepto del temor de Dios. Este concepto se está desvaneciendo en la conciencia universal cristiana y está a punto de convertirse en algo vacío e insustancial para ella. El temor de Dios no es simplemente la mismo que el «respeto» al Dios absoluto, sino verdadero temor en el sentido estricto de la palabra. Común a temor, miedo, susto, horror y terror es que todas son respuestas diversas a las diferentes formas de mutilación del ser, cuyo último término sería propiamente la aniquilación. La Teología cristiana no piensa en negar la existencia de lo terrible en la vida humana; por otra parte, nada más lejos para la doctrina cristiana de la vida que afirmar que el hombre no deba temer lo terrible. Pero al cristiano le interesa el ordo timoris, el orden del temor; en definitiva, lo realmente temible, en último término; la preocupación consiste en temer acaso lo que no existe ni es definitivamente terrible y, por el contrario, tener por inofensivas cosas realmente temibles. Lo realmente terrible no es más que la posibilidad que tiene el hombre de separarse voluntariamente, por su propia culpa, de su última razón de ser. La posibilidad de ser culpable es el mayor peligro para la existencia del hombre. El temor de Dios es la respuesta adecuada a este horror de la separación culpable y siempre posible de su última razón de ser. Esta culpabilidad constituye lo que definitivamente hemos de temer. Este miedo que acompaña a cada existencia humana, incluso a la de los santos, como una posibilidad real, no es superable por cualquier forma de «heroísmo»; más bien es este temor la premisa para todo heroísmo auténtico. El temor de Dios —como tal temor— ha de ser soportado y resistido hasta la «seguridad» definitiva en la vida eterna. Si la fortaleza nos libra de amar a nuestra vida de una manera tal que la perdamos, expresa esto que el temor de Dios como temor a perder la vida eterna es el fundamento de toda fortaleza cristiana. Hay que pensar, sin embargo, que el temor de Dios es sólo el anverso negativo del amor esperanzado hacia Dios. San Agustín dice: todo temor es amor que huye.

En el temor de Dios se «perfecciona» el miedo natural del hombre ante una mutilación o aniquilación de su ser. Todo lo moralmente bueno no es más que una especie de «prolongación» de las inclinaciones naturales del ser. El hombre, sin embargo, teme por naturaleza a la nada antes de cualquier decisión de su inteligencia, o sea, según su naturaleza creada por Dios. Y así como la tendencia natural de la convivencia se perfecciona en la virtud de la justicia y de la propia autoridad en la virtud de la longanimidad, y la de la tendencia al goce en la templanza, igualmente se perfecciona el miedo natural a la destrucción en el temor de Dios. De la misma manera que el empuje natural a la convivencia, propia autoridad y la concupiscencia natural pueden actuar desordenadamente si no se perfeccionan en la justicia, la longanimidad y la templanza, también puede hacerlo el miedo natural a la aniquilación, si no se perfecciona en el temor de Dios. El hecho de que éste, en su forma propia de temor de Dios, «filial», sea un don del Espíritu Santo y no, como las virtudes cardinales, la realización de las posibilidades del hombre en la esfera de la moral, significa que sólo la perfección sobrenatural realmente vivida es capaz de librar al hombre del «temor imperfecto». La tiranía de este «temor imperfecto» repercute, además de en el aspecto moral, en la vida psíquica natural, sobre lo cual puede informarnos la psiquiatría. He aquí otro punto en el que resalta claramente el parentesco entre salud y santidad, aunque la claridad se refiere sólo a la existencia de esta relación. Sin embargo, apenas es posible dilucidar la forma íntima en que están enlazadas la salud y la santidad, y sobre todo la culpa y la enfermedad, y las condiciones en que este parentesco se manifiesta. De todas formas, la «salud» de ¡a justicia, Longanimidad, templanza, temor de Dios y de toda virtud en general consiste en estar de acuerdo con la verdad objetiva, natural y sobrenatural. Esta correspondencia a la realidad es, al mismo tiempo, el principio de la salud y del bien.

TEMPLANZA

Se ha dicho que la disposición natural al gozo puede llegar a actuar desordenadamente. La tesis liberal de que «el hombre es bueno» oculta esta verdad. El liberalismo progresista no podía reconocer, de acuerdo con sus premisas básicas, que existiese en el hombre una rebelión de las potencias menos elevadas del alma contra el dominio del espíritu y, por tanto, niega que el hombre hubiese perdido por el pecado original el orden interior genuino de su naturaleza. En consecuencia, con este modo de pensar la virtud de la templanza ha de aparecer como algo sin sentido, absurdo e insustancial, pues presupone y reconoce la posibilidad de esta rebelión de los sentidos contra el espíritu. La conciencia universal de la cristiandad (y no decimos la doctrina de la Iglesia, ni tampoco la Teología) respondió a esta negación del sentido de la templanza haciendo resaltar marcadamente esta virtud. La virtud de la templanza, en sus típicas formas de castidad y continencia, llegó a ser para la conciencia universal cristiana el rasgo saliente y predominante en la idea del hombre cristiano. De todas formas, esta respuesta fue hija de su adversario, el liberalismo. La templanza es la virtud más «personal» entre las cuatro virtudes cardinales, lo que demuestra la dependencia de su enemigo liberal-individualista. En realidad, se podría haber alzado de igual forma la bandera de la fortaleza contra el liberalismo progresista; o bien, haber recalcado y predicado con especial insistencia ambas virtudes, fortaleza y templanza, aparte completamente de la justicia distributiva y legal. El liberalismo ha socavado los fundamentos de ambas virtudes, que presuponen la existencia del mal, a causa de su fe absoluta en «este» mundo; pero precisamente subrayamos que la conciencia universal de la cristiandad antepuso la templanza como virtud característica del cristiano, virtud que se refiere de primera intención, como ya se ha dicho, al individuo como tal. Así se tomó la virtud más «personal» por la más cristiana. De esta forma la supervaloración

de la templanza tiene una relación manifiesta con el liberalismo por la «individualización» de la moral. Este carácter privado de la templanza fue causa de que la Teología clásica no considerara esta virtud como la primera, sino la última de las cuatro virtudes cardinales.

La supervaloración de la templanza tuvo repercusiones y reflejos considerables. Por de pronto, el concepto de la llamada «moralidad» tiene aquí sus raíces. Este concepto, con todas sus ambigüedades, tal como se usa hoy día en el lenguaje corriente, es el resultado de la restricción de la moral a la virtud de la templanza; por otra parte, está unido a una concepción moralista del bien en general que separa, como se ha dicho, la acción (u omisión) en el hombre viviente y escinde el «deber» y el «ser». Además, se redujo, de una manera completamente unilateral, la fuerza moral y el ejemplo de los ángeles y la Virgen al plano de esta virtud y sobre todo a la castidad. La consecuencia fue que todas estas figuras no quedaron en la conciencia cristiana con toda su cumplida plenitud real. Con respecto al concepto «de pureza angelical» hay que observar que un ángel no puede ser «puro» en el sentido de la castidad y que la «virtud» del ángel consiste primordialmente en la virtud teologal del amor. Al mismo tiempo el concepto de immaculata no se refiere únicamente a la castidad de la Madre de Dios, sino que tiene una amplitud mucho mayor; significa primeramente y ante todo la plenitud de gracia en su ser que María recibió en un principio. Para concluir: esta supervaloración de la castidad es en buena parte culpable de que términos de nuestro lenguaje tales como «sensualidad», «pasión», «concupiscencia», «instinto», etc., haya adquirido un significado totalmente negativo, no obstante ser en principio conceptos moralmente indiferentes. Pero si en el lenguaje se entiende bajo «sensualidad» sólo la sensualidad contraria al espíritu, por «pasión» sólo la pasión mala y por «concupiscencia» la concupiscencia rebelde, no nos quedarán términos que designen la sensualidad no contraria al espíritu o no-rebelde, que Santo Tomás incluye entre las virtudes. Esta escasez de términos en el lenguaje nos lleva fácilmente a una confusión peligrosa de conceptos y hasta de la misma vida, y precisamente de una tal confusión se originó este uso defectuoso del lenguaje.

Es quizá conveniente recordar aquí un ejemplo de la Summa theologica que muestra la opinión del Doctor Común en esta materia. Es un ejemplo y no una tesis; pero un ejemplo que ilustra una tesis. La Summa incluye un tratado sobre las pasiones del alma. Santo Tomás estudia en él todos los movimientos de la capacidad sensual, como el amor, odio, deseo, placer, tristeza, temor, ira, etc. Una de las veinticinco cuestiones aproximadamente de este tratado habla de los «remedios contra el dolor y la tristeza». Santo Tomás expone en cinco capítulos otros tantos remedios; pero antes de conocerlos hagámonos esta pregunta: ¿Qué contestación nos daría o podría dar la conciencia moral universal de los cristianos acerca de «los remedios contra la tristeza del alma»? Que cada uno se conteste a sí mismo. El primero, completamente general, de que Santo Tomás se ocupa es: «cualquier goce». La tristeza es un cansancio del alma; el goce, en cambio, un descanso. El segundo remedio son «las lágrimas!». El tercero es el «compartir la alegría». El cuarto es la «contemplación de la verdad». Esta última calma el dolor tanto más cuanto más perfectamente ama el hombre la sabiduría. Ante el quinto remedio que nombra Santo Tomás hemos de considerar que estamos ante un tratado de Teología, y no precisamente uno cualquiera. Este remedio contra la tristeza es «dormir y bañarse»; pues el sueño y el baño devuelven al cuerpo la debida disposición del bienestar, que, a su vez, repercute en el alma. Santo Tomás, naturalmente, esta bien informado de las posibilidad y necesidades de superar el dolor humano con medios sobrenaturales, incluso es de la opinión que existen grados del dolor humano que sólo pueden vencerse sobrenaturalmente; pero no piensa en descartar los medios sensibles y naturales, como, por ejemplo, dormir y bañarse. No se avergüenza lo más mínimo de hablar de ello en medio de un tratado de Teología.

FE, ESPERANZA Y CARIDAD

Con esto concluye la serie de observaciones sobre las virtudes cardinales. Las cuatro —prudencia, justicia, fortaleza y templanza— pertenecen en principio a la esfera del hombre natural; pero como virtudes cristianas se desarrollan en el campo abonado por la fe, la esperanza y la caridad. Fe, esperanza y caridad son la respuesta del hombre a la realidad del Dios Uno y Trino, revelada al cristiano sobrenaturalmente por Jesucristo. Es más: las tres virtudes teologales no sólo son la respuesta a esta realidad, sino que, al mismo tiempo, constituyen la capacidad y fuente de energía para esta respuesta y no sólo esto, sino que, además, son la única «boca», por decirlo así, capaz de dar esta respuesta. Este estado de cosas no se refleja con suficiente claridad en todas las manifestaciones cristianas sobre las virtudes teologales. Al hombre natural no le es posible «creer» en el sentido de la virtud teologal de la fe por la simple razón de que la realidad sobrenatural le haya sido hecha «asequible» por medio de la revelación. No; esta posibilidad de «creer» sólo nace por la comunicación de la gracia santificante. En la fe adquiere el cristiano conciencia de la realidad del Dios Uno y Trino, y en una medida tal que sobrepasa a todo convencimiento natural. La esperanza es la respuesta de afirmación del cristiano, sugerida por Dios, a la realidad revelada de que Cristo es el «camino a la vida eterna» en el más real de los sentidos. El amor, finalmente, es la respuesta de todas las potencias del hombre en gracia a la bondad infinita y esencial de Dios. Las tres virtudes teologales están ligadas de la manera más íntima, «refluyen en un círculo santo», según una expresión de Santo Tomás en su Tratado de la Esperanza. «Quien fue llevado de la esperanza al amor adquiere una esperanza más perfecta, ya que también cree con más vigor que antes».

DIFERENCIA ENTRE LA MORAL NATURAL Y LA SOBRENATURAL

La moral sobrenatural del cristiano se distingue de la moral del gentleman, del caballero, por la conexión íntima de las virtudes cardinales con las teologales. La conocida frase «La gracia no destruye, sino que perfecciona la naturaleza», expresa esta misma relación y la forma en que dependen virtud natural y sobrenatural. Estas palabras parecen muy claras y de hecho lo son; pero su claridad no quita la imposibilidad de hacer comprensible un misterio por medio de una simple expresión, y nada más misterioso que la forma en que Dios actúa en el hombre y el hombre en Dios.

Sin embargo, la diferencia entre el cristiano y el gentleman se muestra de múltiples maneras suficientemente comprensibles.

Puede parecer, a veces, que el cristiano obra contrariamente a la prudencia natural porque tiene que hacer justicia a realidades que pertenecen al mundo de la fe. Sobre esta «prudencia sobrenatural» ha escrito también Santo Tomás algo que, a mi parecer, es de una importancia extraordinaria para el cristiano de hoy. La virtud natural de la prudencia (así dice aproximadamente) está, evidentemente, ligada a una cantidad no escasa de conocimientos adquiridos de la realidad. Si las virtudes teologales elevan a las cardinales a un plano sobrenatural, ¿qué sucede entonces con la prudencia?, ¿suple la gracia el conocimiento natural de los seres reales?, ¿hace la fe superflua la valoración objetiva de la situación del obrar concreto, o la suple?, ¿de qué le sirve la gracia y la fe al «hombre sencillo» que no posee en ciertas ocasiones este conocimiento para una situación complicada? A estas preguntas sólo Santo Tomás da, según creo, una respuesta magnífica y, además, muy consoladora: «Las personas que necesitan dirección y consejo ajenos saben aconsejarse a sí mismas cuando están en estado de gracia, por lo menos en cuanto que piden consejo a otras personas y, lo que es más importante, son capaces de distinguir el consejo bueno del malo». ¡Cuando están en gracia! No necesita aclaración alguna hasta qué punto es esto consolador para la situación del «cristiano corriente».

De una manera especialmente conmovedora se muestra la diferencia entre el cristiano y el gentleman por la distancia que separa la fortaleza cristiana de la fortaleza «natural». Con esto queremos concluir estas consideraciones sobre la idea cristiana del hombre. La diferencia entre la fortaleza cristiana y la fortaleza meramente natural radica, en último extremo, en la virtud teologal de la esperanza. Toda esperanza nos dice: acabará bien, tendrá un buen fin. La esperanza sobrenatural nos asegura: el hombre que está en realidad en gracia de Dios terminará de una forma infinitamente mejor de lo que pudiera esperar; el fin de este hombre será nada menos que la Vida Eterna. Pero puede suceder que todas las esperanzas de un «feliz fin» oscurezcan en una época de tentaciones, de desesperación, y darse el caso de que al hombre restringido a la esfera de lo natural no le quede otro remedio que la valentía del «ocaso heroico», y para un verdadero gentleman será precisamente éste el único recurso, pues sabrá renunciar a la autosugestión tranquilizadora, a la narcosis y, como dice Ernst Jünger, al «recurso de la suerte». En una palabra, la esperanza sobrenatural puede quedar como único recurso de la esperanza en general. Esto no está dicho en un sentido «eudemonístico», ya que no se trata aquí de la preocupación por una última posibilidad de felicidad subjetiva. La frase de las Sagradas Escrituras: «Aun cuando me diere la muerte, esperaré en El» no puede estar más lejos del temor eudemonístico de la suerte. No; la esperanza cristiana es principalmente y ante todo la dirección de la existencia del hombre a la perfección de su naturaleza, a la saciedad de su esencia, a su última realización, a la plenitud del ser, a la que corresponde, por tanto, también la plenitud de la suerte, o, mejor dicho, de la felicidad. Si, como se ha dicho, todas las esperanzas naturales pierden a veces su sentido, se deduce que el único recurso del hombre, adecuado a su ser, es la esperanza sobrenatural. La fortaleza desesperada del «ocaso heroico» es en el fondo nihilista, mira a la nada; sus partidarios creen poder soportar la nada. La fortaleza del cristiano, en cambio, se nutre de la esperanza en la realidad suprema de la vida, en la vida eterna; en un nuevo cielo y en una nueva tierra.


Wednesday, August 30, 2006



Günter Grass, el artista inmoral

http://www.lanacion.com.ar/opinion/nota.asp?nota_id=835265


Por Guy Sorman
Para LA NACION



Haber servido en las SS a los 17 porque era forzoso hacerlo es algo comprensible. Sin dudas, Günter Grass no tuvo alternativa. Haberlo ocultado durante 60 años, distribuyendo mientras tanto lecciones morales entre los alemanes, denunciando en todas partes a los nazis o a los sospechosos de serlo y a los neonazis y a los criptonazis, resulta más sorprendente. Un tour de force que el propio Günter Grass ha sido incapaz de explicar, tanto en su silencio como en su confesión.

Sesenta años de mentira, entonces, que ilustran hasta qué punto es posible ser simultáneamente un gran artista y un hombre de gran inmoralidad. Tal vez sea perturbador para el espíritu, pero es común que, en un solo movimiento, alguien pueda convertirse en mago de las palabras, las formas y los sonidos y se despoje de todo sentido moral, incluso de un sentido común elemental.

Recordemos, siempre en Alemania, que artistas indiscutibles (Leni Riefenstahl, Arno Breker, Wilhelm Furtwangler, por ejemplo) se acomodaron bastante bien al régimen nazi. Si hacemos una excursión por Francia, recordaremos -nunca lo suficiente- que Jean-Paul Sartre, durante toda la Segunda Guerra Mundial, se olvidó de protestar contra el nazismo y el antisemitismo. Günter Grass se inscribe dentro de esa tradición esquizofrénica. A menos que, como Sartre, se sitúe, gracias a su condición de artista, por encima de toda moral.

Pero en este asunto, un asunto en primer lugar alemán, si el artista es culpable no lo es más ni menos que su público y que los medios idólatras. Porque Günter Grass, por fuera de sus novelas (a la vez espectaculares y con frecuencia muy ilegibles), en el transcurso de su fenomenal carrera pública no dejó de adoptar posturas preocupantes. "Hombre de izquierda", absolutamente de izquierda, adoptó todas las malas causas de su generación sin saltearse ni una, aprobando todas las revoluciones sanguinarias, desde la cubana hasta la china. Siempre dispuesto a condenar a esos fascistas norteamericanos, Ronald Reagan y George W. Bush (no hay riesgo alguno en eso), ¿no sería acaso adecuado que también hubiera denunciado el fascismo de Mao Zedong? ¿O el de los islamistas? Por cierto, Günter Grass fue pacifista cuando no había que serlo, en la década de 1980; en esa época, François Mitterrand, pensando sin duda alguna en todos los Günter Grass alemanes, observó agudamente que los pacifistas estaban en el Oeste, pero que los cohetes estallaban bien al Este. Y cuando llegó la hora de la reunificación alemana, Grass se opuso para "preservar la herencia socialista" de la República Democrática Alemana. Se oponía, según declaró, a la colonización de la RDA por parte de los capitalistas de la República Federal Alemana.

Algunos insinúan que su pasado SS lo convirtió en rehén de la Stasi, los servicios secretos del Este. Ellos lo sabían. Le habrían dictado sus elecciones políticas, pero no es algo que podamos asegurar. Y, en 1988, cuando Grass pasó una temporada en Calcuta invitado por el gobierno local, escribió un libro, muy poco leído, absolutamente despectivo hacia los hindúes, que aparecen en la obra como una raza inferior. Un libro de extraño gusto. Pero los dibujos de Grass que ilustran el volumen son espléndidos, demostrando una vez más la discordancia entre el inmenso talento y la moral inexistente. Así, considerar a Günter Grass como una autoridad moral, el espíritu libre por excelencia, era -sin que fuera necesario esperar la revelación de su doble vida- un error evitable. Un error que, sin embargo, se ahorraron los alemanes que no son de izquierda. Ellos jamás santificaron a Grass: no porque se dijera de izquierda, sino porque estaba equivocado respecto de la realidad de su tiempo y de su gente. A aquellos que hoy confiesan su miopía, su error de juicio, o que intentan justificarlo, recordémosles que era posible no caer en el fetichismo de Grass, ni en Alemania, ni en el resto de Europa: no todos cayeron en eso. ¿A pesar del premio Nobel de literatura? O tal vez a causa del premio Nobel, un premio que, a menudo, demuestra un linaje dudoso. Todos no cayeron en ese error: el error de dejarse llevar por la corriente no es indispensable nunca.

¿Günter Grass es un asunto exclusivamente alemán? Sí, las SS sólo existieron en Alemania. Pero, ¿cómo evitar pensar en esa generación íntegra de intelectuales y de artistas que en Europa -en Francia, sobre todo- se autoproclamaron de izquierda, al punto de despojar de todo sentido al término, y que no dejaron de adoptar posturas morales ilustrando causas absolutamente inmorales? ¿Cómo hacer para no ver resurgir algunos espectros, los que ayer adoraron a Stalin y a Mao y que pronto llorarán a Castro? ¿Los que no vieron nada en Moscú, Pekín, La Habana, Teherán y Sarajevo? ¿Los que ahora ven en el islamismo una redención para Occidente? Todo ese ejército de espectros, a Dios gracias, no han dejado de equivocarse sobre el futuro. ¿La decadencia de Günter Grass suena como una cierta impostura esculpida en conciencia moral? Sin duda, suena a arrepentimiento.

Porque, más allá de este caso en particular, uno nunca desconfía lo suficiente de los artistas. Uno no desconfía lo suficiente del gran escritor y de la estrella que se abusan de su poder de seducción para propagar opiniones políticas, exclusivamente políticas pero disfrazadas de otra cosa. Nunca nos preguntamos lo suficiente si la postura mediática está basada en el conocimiento. O por el narcisismo, la moda, el gusto por escandalizar y el interés financiero. Nos protegemos del político mucho más porque se presenta a cara descubierta. Pero no nos protegemos lo suficiente del artista que está oculto tras su talento, sobre todo, cuando ese talento es grande: de los magos, maquillados de moralistas, jamás desconfiamos lo suficiente.

(Traducción: Mirta Rosenberg)


Si desea acceder a más información, contenidos relacionados, material audiovisual y opiniones de nuestros lectores ingrese en : http://www.lanacion.com.ar/opinion/nota.asp?nota_id=835265
Responsabilidad social empresaria

Aquí va el link a una revista que tiene un artículo que trabajaremos más adelante.
Está en pdf.

http://www2.uca.edu.ar/esp/sec-universidad/page.php?subsec=universitas&cual=indices/n1

El artículo es el siguiente

2.- Stefano Zamagni: El fundamento ético de la responsabilidad social de la empresa

Sería bueno que lo vayan bajando e imprimiendo (solo este artículo)

Monday, August 21, 2006

Artículo para pensar la diferencia entre ética y arte o técnica

La Nación
Lunes 21 de agosto de 2006

Polémica por el pasado de Günter Grass

No hay que esperar que los artistas sean maestros de la vida

Reflexiones sobre la creación y la moral


MILAN.– También los pecados, al igual que los capitales tomados en préstamo, se pagan con intereses que crecen con el tiempo. Lo que Günter Grass ha revelado con tantos años de tardanza (su participación forzosa en las SS de Hitler) –de por sí algo venial, si se considera la terrible situación y la edad que él tenía cuando lo cometió– le cae encima como una piedra.

Como se ha dicho, hubiera podido y debido decirlo enseguida: nada queda en secreto. Sofocado, y sin solución, en lo íntimo corre el riesgo de gangrenarse, de crecer, de erosionar destructivamente como un tumor, asumiendo dimensiones anormales y contaminando la existencia. Sin embargo, la conciencia, como una camisa manchada o sólo transpirada, va a la máquina de lavar y de escurrir sin preocuparse por el comentario de los vecinos acerca de las manchas.

Por qué Grass no ha hablado antes, nadie lo puede decir, porque nadie puede entrar en las incertidumbres y contradicciones de la mente del otro, comprender qué, objetiva y subjetivamente, otro hubiera podido o debido decir o hacer en ciertas circunstancias. Todo eso se vuelve todavía más difícil cuando entra en juego un proceso tan tortuoso e inhibitorio como el pasado nazi.

Por otro lado, los recuerdos cambian con el tiempo, como dice un cuento de Svevo: a menudo no se recuerdan los hechos acaecidos, sino la deformación con que la memoria los ha revivido y alterado. Recuerdo todo, pero no comprendo nada se dice en la "Conciencia de Zeno".

La insinuación de que la tardía y muy reciente confesión de Grass esté ligada a la promoción del libro que acaba de salir ["Pelando la cebolla"] es poco creíble, porque un premio Nobel -en particular el gran autor del inmortal "El tambor de hojalata"- no tiene necesidad de acciones sensacionalistas para lanzar un libro, como las jóvenes que ostentan previsibles transgresiones sexuales. Si así fuera, se trataría de todos modos de un cálculo errado, que retorna como un boomerang y se traduce en un daño duradero, no compensado ni siquiera materialmente con un récord de ventas.

Más allá del episodio puntual, estas vicisitudes de Grass han escandalizado, y ha existido un estruendo tan excesivo y desproporcionado posiblemente porque se considera, erróneamente y a priori, que los escritores y los artistas -y tanto más cuanto más grandes- son como representantes de lo espiritual, casi sacerdotes laicos de la verdad, de la humanidad y de la justicia, como maestros de vida. Sin embargo, no es así. Crear una obra de arte, aunque ésta sea grande, no garantiza en absoluto -como, por otra parte, lo sabía bien Thomas Mann- la posesión permanente de cualidades morales (y mucho menos de inteligencia) capaces de evitar las aberraciones éticas y políticas. Muchos entre los grandes escritores del siglo pasado han sido fascistas, como Pirandello; nazis o filonazis, como el gran Hamsun; antisemitas a pesar de sí mismos, como el autodestructivo y también grande Céline; estalinistas, como esos escritores franceses que iban con devoción a Moscú para asistir a la "misa roja" o a los linchamientos de tantos de sus compañeros.

Continuamos amándolos y comprendemos el itinerario de autolesión que los ha llevado a esta automutilación espiritual y a aprender de ella hasta valores esenciales como el amor y la rebelión, negados por las ideologías perversas que tienen indulto, pero no podemos esperar de ellos más claridad o sabiduría que la de la así llamada gente común. Por otra parte, hasta Goethe escribió la inmortal historia de Margarita que nos enseña para siempre la piedad y la comprensión por ella, y algunos años más tarde votó a favor de la condena a muerte de una joven que había cometido la misma falta que Margarita.

Pobres diablos

El espíritu sopla donde y cuando quiere, y no siempre en el corazón y en la mente de un gran escritor. Cuando no sopla, todos son pobres diablos capaces de hacer cualquier tontería. No es extraño que no haya soplado sobre un Grass de diecisiete años, en aquel momento tremendo, y no sabemos por qué más tarde no se quitó enseguida ese peso de su conciencia. Una cosa es cierta. La divulgación de este hecho no disminuye en lo más mínimo no sólo la grandeza poética de quien escribió "El tambor de hojalata" ni tampoco la meritoria acción ético-política de Grass de todos estos años. Grass ha sido un escritor comprometido en el mejor sentido, ha sabido criticar y denunciar los defectos y las torturas de Alemania con dureza pero con moderación ideológica, sin ceder jamás a las sirenas del extremismo que hace años seducían a tantos de sus colegas, si bien luchó por una política progresiva concreta de pasos cortos, celebrando el "paso de caracol" de la política, es decir, los mejoramientos graduales del país, el sentido responsable de las reales posibilidades. El mérito político de haber luchado por esos ideales permanece, más allá de los fantasmas que hasta hace poco le impedían desembarazarse de ese peso y de la relación que todo ello puede tener o no con la clasificación de los best sellers.

Por Claudio Magris
Del Corriere della Sera

Traducción: María Elena Rey
Programa de Ética

Nota: Es posible que sea modificado próximamente
Ética



Fundamentos

La cátedra se propone iniciar a las alumnos en la reflexión ética, integrando y dando un cierre a la formación iniciada en Filosofía y continuada en Teología. Pretende otorgar herramientas básicas para poder enfrentar y resolver planteos éticos de la vida personal y profesional.

Objetivos

· Conocer y asimilar en forma crítica y sistemática los principales temas de ética, en continuidad con la antropología, la metafísica y la teología.
· Profundizar los fundamentos de la vida moral a nivel personal como laboral
· Adquirir hábitos de reflexión y discernimiento para interpretar la vida concreta actual a la luz de los principios éticos.
· Iluminar las situaciones personales y laborales desde una mirada que integre lo antropológico, lo ético, lo metafísico y lo teológico.


Metodología procedimental

· Exposiciones a cargo de los docentes.
· Lectura y comentario de textos.
· Trabajos prácticos.
· Evaluaciones escritas.


Contenidos

1. Ética:
a. Definiciones
b. Relaciones con Teología y Ciencias particulares
c. Su carácter filosófico

2. Fin último y felicidad
a. Naturaleza del fin último
b. Fin último natural y sobrenatural
c. Felicidad

3. Acto voluntario
a. Estructura del acto voluntario
b. La libertad
c. Lo voluntario y lo involuntario

4. El orden moral
a. Su existencia y fundamentos
i. Naturales
ii. Sobrenaturales
b. Fuentes de la moralidad
c. Normas de la moralidad
i. Ley: definición, tipos.
ii. Conciencia: naturaleza, conciencia recta

5. Consecuencias del acto moral
a. responsabilidad
b. imputabilidad

6. Otras corrientes de pensamiento ético

7. Virtudes
a. Naturaleza
b. Naturales
c. Sobrenaturales

8. Doctrina social de la Iglesia
a. Sociedad
b. Familia
c. Economía
d. Política

9. Ética y empresa
a. La Responsabilidad de la empresa en la sociedad
i. Teorías
ii. Aplicaciones prácticas
b. Los trascendentales en las organizaciones
i. Lo bueno
ii. Lo verdadero
iii. Lo bello


Criterios de evaluación
Sistema de evaluación parcial:
Para la obtención de la regularidad de la materia se requiere la asistencia al 75% de las clases y la aprobación de dos parciales con cuatro puntos como mínimo (o de sus respectivos recuperatorios en caso de ausencia o aplazo) y la realización y aprobación de un trabajo práctico individual.

Sistema de evaluación final
El examen final abarca la totalidad de los contenidos de la materia expuestos en el programa junto a la totalidad de los textos de lectura obligatoria presentados por la cátedra.
El sistema de promoción corresponde al que se aplica en toda la facultad.

Bibliografía

Obligatoria:
Selección de Apuntes hecha por la cátedra.
El existencialismo es un humanismo, J. P. Sartre
Otra obra a designar por la cátedra.

Complementaria:

ARISTÓTELES, Metafísica (varias ediciones)
ARISTÓTELES, Acerca del Alma (varias ediciones)
ARISTÓTELES, Ética a Nicómaco (varias ediciones)
AYLLÓN, J., Desfile de Modelos, Rialp, Madrid, 2000.
BASSO, D., Los Fundamentos de la Moral, Centro de Investigaciones en Ética Biomédica
FRANKL, V., El hombre en busca de sentido. Herder. Barcelona 1993
MILLÁN PUELLES, A., Fundamentos de filosofía, Rialp. Madrid. 1955
MORRIS, T., If Aristotle ran General Motors.
PECK, M. SCOTT, El mal y la mentira
PECK, M. SCOTT, The road less traveled
PECK, M. SCOTT, La negación del alma.
PIEPER, J., El Descubrimiento de la Realidad, Rialp. Madrid. 1974
PIEPER, J., Las virtudes fundamentales, Rialp. Madrid.
PINCKAERS, S., Las fuentes de la moral cristiana. EUNSA. Pamplona. 1988
POLO, L. – LLANO, C., Antropología de la acción directiva
RODRÍGUEZ LUÑO, A., Ética General, EUNSA. Pamplona, 1993
TOMÁS DE AQUINO, Summa Theologica
TOMÁS DE AQUINO, Cuestiones Disputadas acerca de la verdad.

Compendio de Doctrina Social de la Iglesia. Vaticano. 2005